Nuestro vínculo, reiniciado en la esfera holográfica, recopiló todo aquello que, potencialmente, estaba llamado a ser, en un impulso que hizo bombear mi corazón como en años no lo había hecho. Quise creer, y no tardaría en constatarlo, que a él también se le encendió una luz en su mente-corazón que creería extinta. Para mí, era un rescoldo que no dejé nunca que se apagara y, cuando quise hacerlo, la vida me lo impedía.
Abandoné la cabina extasiado y fuera de mí. Crucé el pasillo circular como ingrávido entre débiles reflejos de paneles luminosos, sin apenas darme cuenta de que iba hacia él, de que él venía hacia mí. Nuestras sombras furtivas se detuvieron cuando cada uno vio aparecer al otro. Luego, como imantados, nos fundimos en un cálido y largo abrazo. Y otra vez, como años atrás, sentía su cuerpo estrechado contra el mío. La misma carne, la misma mente, el mismo sueño. Es obvio que no pude apreciar la intensidad de su mirada cuando apenas nos apartamos, todavía sosteniéndonos uno al otro, mis manos sobre sus hombros, las suyas en mis caderas. Pero podía presentirla, como él presentir la mía. En la tenue penumbra, todo sentimiento se acomoda. Pero enseguida llegó a nosotros el rumor de los corredores, la expectación. Pegué mi rostro al suyo porque no quería salir a la luz y me resistía a suspender nuestro momento. Él me observó con sus ojos, con sus labios, con todo lo que era. Se fue apartando tan despacio, que parecía luchar contra el deseo como nunca antes lo habría hecho.






