De los cinco colegios menores, el más mediático de todos es el Colegio Profesional de Trazadores, aquel cuyos facultados tienen el don del ensueño. A través del sueño lúcido, tienen la capacidad de facilitar encuentros que revisten un carácter oficial. Ya sea de tipo científico, artístico, cultural, comercial y, por qué no, también sentimental. Se trataba con ello de facilitar una mayor cohesión entre todos los pueblos de Océano, superando las limitaciones del transporte aereo y marítimo, y dotándolo asi mismo de un matiz personal e íntimo, tan útil para circunstancias más delicadas.
El trazador busca a su cliente en el espacio del ensueño. El fondo elegido por este no es un lienzo en blanco, sino algún lugar emblemático de Océano. Dado que hablamos de una civilización tecnológicamente avanzada, el Colegio de Trazadores regula los trazados mediante dispositivos electrónicos sofisticados conocidos como genoides.
La genoide tiene en superficie la forma de un poliedro regular: un dodecaedro formado por doce caras pentagonales. Cada una de esas caras es capaz de desplegar una genusa: una secuencia holográfica de precisión, con la que el trazador apuntala en su imaginario el lugar virtual del ensueño, y con ello el Colegio de Trazadores gestiona una parte del proceso.
Y es aquí donde aparece el protagonista de esta historia de ciencia-ficción: Omuri-Su, que durante años trabajó como trazador antes de hacerse instructor.






