1. El contexto de Duermevela

En verano de 2007 organicé una pequeñas vacaciones en el norte de Italia . Se trataba de un viaje turístico. La idea era conocer Lombardía, y tomando Milán como epicentro, moverme alrededor no más de 80 kms., durante 9 días.  Al norte el lago Como, y Bérgamo al sur. Cuando visité la ciudad alta de Bérgamo, dejando atrás el funicular, al pasear por aquellas calles que parecían transportarme en el tiempo a otra época, me resultó una experiencia tan evocadora que, con el piano de Ludovico Einaudi y su «Divenire» como fondo musical, me fue muy fácil imaginar a mis personajes deambular por las calles y plazas del corazón de la ciudad. Entonces tuve claro que era el lugar ideal para contar mi historia, para iniciar toda la trama que recorrería luego el lago Como y Milán, la capital del norte. Los tres, son escenarios de la novela. Aunque la historia también abarca La Spezia, y su «costa de los poetas», una región de Italia que mira al mar, donde pongo el broche final a esta historia.

PRIMERA LÍNEA DE PLAYA

Ahora me miras. Nunca, que yo recuerde, me has mirado así. A tiempo te has dado cuenta de que leo en tu alma. Te incorporas desnuda, en tu esplendor. Te asomas al mar. Pero no, no te quedas en la orilla, quieres nadar. Detrás de nosotros se formó una lengua de agua que la pleamar ha ido llenando. Es agua mansa. Los críos juegan en ella despreocupados. Me retiraría con ellos, para no soportar el embate de las olas, para no tener que alzar murallas que veré caer. Porque  a veces no se afrontar este mar de emociones. Esta noche cenaremos en el porche, encenderás velas, y escogerás el momento oportuno para decirme que voy a ser padre. Y yo me estremeceré de nuevo, me alegraré contigo como si nada supiera. Parece inevitable: hoy me sitúo en primera línea; dejaré que este mar me anegue por completo.

UN DÍA DE ESTOS

Un día de estos, tomaré en un puño todas las máscaras y estigmas que la sociedad y la fuerza de la costumbre han ido tejiendo sobre mí como una mortaja, y rasgaré esa vestidura de arriba abajo con un corte seco y limpio, como se abre un melón maduro. Que lo más tierno y jugoso habita dentro, protegido de la intemperie. Un día de estos.

REMORDIMIENTO

Rebasados los ochenta, se sentía como un viejo utilitario que ha ido perdiendo piezas por una carretera difícil. Se permitía aún caminar despacio pero erguido, respirar a veces a resuello. Aparte de esto había algo irrenunciable en su vida: necesitaba el perdón de su princesa; y no quería morir sin recibirlo. Por eso cada tarde, subía la calle angosta, por la que ya no cabían ni el orgullo ni la indolencia, y al llegar a la esquina, bajo el árbol reseco, alzaba la mirada a la ventana y creía ver, a través de un enjambre de ramas secas, una cortina que se agitaba para volver luego a su lugar, y siempre el corazón le daba un vuelco.