BUENA ESPERANZA

Profético fue su nombre. Buena Esperanza. Desde las alturas, sobre una bruma densa, mi catalejo lo apuntaló: dibujó un sólo trazo, y mis ojos se abrieron como nunca antes. Y la mágica palabra quedó atrapada en mi garganta. Fue un golpe brutal. Basculamos. Me columpió en su vela antes de arrojarme al agua. Cuando salí a flote la carabela se astillaba y ardía entre los escollos. Me aferré a la esperanza, aún sin fuerzas para gritar: ¡Tierra, tierra! El Buena Esperanza mutaba hacia algo nuevo. Fue por eso que pude alcanzar la costa.  Mi regalo: otra vida. Y en la orilla, entre cuerpos inermes, entendí el mensaje.

FIEBRE

Uno más en vagón de cola,

los demonios andan sueltos en la madrugada.

Entre el vaho que destila la noche,

esta fiebre supura sombras inquietantes.

Retuerces en mi abrazo tu oscura melena.

La  sombra de tu mirada ebria 

acaricia algún rincón de mi delirio.

Cuando el vagón escupa su carga,

  seguirás ahí, columpiándote en mi abismo,

telaraña de soledad y apego

Aún pareces susurrarme:

Por nuestros días felices

6. Fragmento: Una guitarra

Giada se acercó despacio, sin hacer ruido, y vio a un anciano enjuto de barba blanca y descuidada cubierto con un sombrero puntiagudo; se apoyaba en el murete, a la sombra de un árbol desvencijado, mutilado como toda la hilera que a duras penas defendía del sol ese flanco de la plaza. El tiempo se había detenido allí, y solo la guitarra parecía pautar a su ritmo los minutos, destilando vida a una ciudad moribunda. A sus pies reposaba un bombín con algunas monedas. Giada permaneció a unos metros, inmóvil, solo escuchando las notas envolventes que parecían transportarla a un lugar remoto y vibrante. Tuvieron el mágico poder de hacer que los minutos que arrastraba el hastío volaran como instantes. La canción terminó y el viejo alzó la cabeza. Giada quiso creer que el sol filtrado entre las ramas secas había llenado de arrugas su rostro, cuando no era otra cosa que el silencio. Con él llegó un aroma, e intuyó una presencia.

   Giada entendió que era ciego.

VOLVER

Presiento que volveré. Creo que al final lo haré. Aunque ya no sea el mismo, y tampoco el lugar. Pero en un rincon de esta memoria herida, guardado en un fatuo olvido, retengo lo que allí fue. Sé que al volver, lo anudado se desatará. Vivo en una maraña de apretados nudos: nido de crías desvaídas con ansias de un último vuelo.

EL JARDÍN DE LOS SUEÑOS ROTOS

Salí al jardín hastiada del bullicio de la fiesta. Me acerqué a otra alma solitaria apostada como una estatua junto al roble. Creí recordar sus ojos verdes, en tiempo luminosos. Me saludó y apuró su copa con un brindis. Me presenté como Meli. Siempre es mejor que un nombre largo y triste. Refrescó mi memoria: soy Amor ¿recuerdas? Claro que lo recordaba. Asentí.

Escuchaba el rumor estridente de risas, música… toda esa farándula que habita en la superficie. Éramos convidados de piedra, pero nuestros latidos casi podían escucharse entrelazados en el silencio del jardín. Llevábamos dentro nuestra propia música, y alguna canción que muchos habrían olvidado, si es que alguna vez la conocieron.

IMPERMANENCIA

Entre sueño y sueño, frente a mi ventana, 
sigue prendida la luz de tu insomnio.
¿Y qué te desvela? Me pregunto.
Si miro al cielo y solo veo estrellas 
que ya se apagaron.
Si miro a la tierra, y siento aletear entre ramas
el aroma tibio de nuestros ancestros.
Seguro que mañana tu luz estará apagada,
que otras almas nutrirán de sueños
tu impermanencia.