LEJOS DEL MUNDO


Roído el silencio por el tráfico diario,

me aturdía un rumor de ondas

por el que nadie se inmuta en un país de ciegos.

Como lluvia ácida en el desierto

Un arcoíris letal, invisible, 

se extendía hasta el horizonte,

matándonos despacio, sin piedad.

Muertos estabamos en vida, 

sedientos de una sed equivocada.

Cargué sobre mí un ansia de olvido.

Abandoné lo que llaman progreso,

y me alejé del hombre y sus inventos.

Unido a la naturaleza, soy vida en ella.

Me recuesto en un lecho vegetal, 

y escucho en él el pulso de la tierra.

Aprendo sus ciclos, y ella me curte

en un arte ritual de plena supervivencia,

lejos de un fraude de palabras.

5. Buscando el tono: el personaje

El tono habita la ciudad, la recorre. He buceado en la memoria de la ciudad (Bérgamo). He paseado por sus plazas luminosas, soleadas. He recorrido sus calles estrechas, a menudo cargadas de historia. También he buceado en sus bibliotecas y, documentándome entre sus libros he encontrado también a Pipelé: un anciano que solía tocar su guitarra entre las callejas de la ciudad alta. Era ciego. Seguro que era conocido y apreciado por los vecinos. Ahora es también un personaje de esta novela. ¿Por qué? Os preguntareis. Esta novela tiene un elemento de ficción muy consistente, que no puedo revelar. Tendréis que descubrirlo vosotros. Pero tenía que buscar un contrapeso que diera un efecto de veracidad, y apuntalar la trama con elementos que dieran credivilidad a la ficción.

ERA LA LIBERTAD

 

Era un gorrión, y ya soñaba volar alto. Mis alas de ánade,

creciendo como para halcón, tomaron envergadura de águila.

Ni el orgullo ni el hambre de mejores presas,

me impulsaron a crecer.

Era la libertad, y saber que sobre mí,

solo las luminarias me contemplan.

Era la libertad y saber que bajo mí,

el vasto mundo se despliega,

y nada en él es al fin tan inquietante

que llegue a deslucir un vuelo

que hasta el viento apremia.

 

ELIGE UN AMOR

Puedo amarte de tantas maneras… Tu solo elige una.

¿Quieres un amor protector, que lama tus heridas?

¿O uno salvaje y desatado que explore hasta el ahogo 

los tesoros que guarda tu piel?

¿Te improviso un amor casual, que empiece y acabe en suspiros?

¿O mejor del día a día, pausado, comprometido?

Por contrato también me queda.

Lo entrego a destiempo, cuando no lo esperes, o bien precoz 

con trazas de granate, como un deseo primerizo.

El amor celoso, ruin, que nos alejará 

en aprietos, lo sirvo húmedo.

Y al fin, te reservo el Amor verdadero, sin condiciones,

entregado, en templos sagrados de traza bendita.

Elige un amor. O imagínalo.

Por probarlos todos tengo  un surtido de amor en semana.

Pero si ninguno te convence déjame paso,

 rueda a un lado, que el amor no florece en las piedras.

4. Buscando el tono: los lugares

Quien habla de objetos, habla también de lugares. Una plaza, un banco, un sencillo murete, son lugares con una memoria cambiante, a medida que personas o personajes, dejan en esos su huella; hasta que de nuevo, el protagonista, al pasar por allí, vierte en él sus vivencias. Son a menudo lugares a capricho del azar, o del destino. Pero no siempre. A veces, una comunidad, erige un monumento para rendir homenaje a personajes ilustres, o a héroes que dieron su vida por una causa tan noble como la libertad del pueblo. En la ciudad baja de Bérgamo, en la Piazza Mateotti, hay un monumento dedicado al partisano, al guerrillero que desde la montaña, luchó primero contra el ejército alemán, luego contra el gobierno ilegítimo del Duce. La escultura, sobre un fondo liso, nos muestra a un partisano colgado boca abajo, y a su lado una mujer, que puede ser su madre, su esposa, su hija, su hermana, que le llora. En la parte posterior, hay un texto sencillo que le rinde homenaje. Tiene un tono. Dice así:

 

 

Decía Italo Calvino en “Las ciudades invisibles”:

La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene, como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada        segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.

3. Buscando el tono: los objetos

Un colega escritor dijo que Duermevela tiene un tono. Un nuevo concepto que no había considerado a la hora de escribir, al menos, conscientemente. y sin embargo, está ahí, entre líneas y párrafos, impregnando el texto, la trama y a los personajes. Por mi formación artística, pienso en un tono en términos cromáticos. Imagino un azul, que puede ser añil, o azul marino. Lapislázuli: azul de azules. El tono es como un color con denominación de origen, tiene suficiente carácter como para atribuirle un nombre. Tiene su propia identidad. Aunque aquí no hablamos de color, sino de tramas y personajes, de literatura. Imagina un personaje que se menciona en la novela, se habla de él, pero no está, porque se fue, o ya murió, pero el narrador nos lleva al que fuera su hogar, y vemos en su habitación sus objetos personales, y ya no es solo la naturaleza de esos objetos, que también, sino que, la forma en que están distribuidos por esa habitación, ya nos está diciendo algo sobre su personalidad. Esos objetos también tienen mellas, que pueden ser las cicatrices que el propio personaje lleva en su alma. Esos objetos están cargados de significado: nos hablan de sus inquietudes, de cómo vivía, pensaba o sentía; nos aporta incluso indicios sobre lo que pudo pasarle, sobre la intensidad del vínculo que le unía a sus seres queridos. A menudo esos objetos tienen un tono, y a través de ellos el personaje está vivo. Porque incluso aunque haya muerto, un personaje, al igual que un ser querido, nunca muere del todo, habita nuestro recuerdo, y si fue muy querido, lo evocamos cada día. Es la forma en que intentamos cubrir el vacío que deja; tratamos así que compensar su ausencia.