CAYENDO HACIA LA HERIDA

Un tiempo cayendo hacia la herida conduce a Paris a esta otra versión reciente, con otro nombre y otra vida, a un nuevo rostro y al dolor de una pérdida. A él se dirige como víctima propiciatoria, en un rol que asumió resignado. Cuando llega caminando, sudoroso, hasta la mísera vivienda encajonada en el poblado, entre rostros cubiertos de mugre y pesar que le miran apesadumbrados, le recibe la faz ajada de una mujer. Su madre es pobre hasta en palabras, que caen sobre él como las mismas rocas que desde los trece años él ha estado acarreando. Te has ido y has dejado morir a tu padre. Tu deber estaba en la mina. Duras y crueles palabras que en su inocencia no supo interpretar entonces, daban a entender que debió caer él. Una boca más que alimentar para lo poco que daba de sí. Abrazos y pésames. Algo de esas crueles palabras ha quedado grabado en su memoria, y luego, años después, ese rostro acerado y grave ha seguido sus pasos recordándole en todo momento su falta. Nunca le perdonó. A su hijo. Una criatura inocente decidida a asumir la impostura. Esta es la naturaleza humana del amor en tinieblas. Se inmola en un altar de sacrificio más allá de toda obligación.

NUESTRA CANCIÓN

Era al principio una simple nota. Esa cadencia que a menudo me sorprendía, se fue desplegando hasta entregarme tu melodía. Con cada encuentro o recuerdo tuyo, cualquier nota mucho tiempo olvidada tiñe de emoción renovada esa vieja canción que solo por tí sé cantar y hemos hecho nuestra. Hoy la llevo conmigo. Colapsa en mí cuando estamos juntos, y en tu ausencia, mis labios la tararean sin cesar, como si al hacerlo se cruzaran con los tuyos, y todo empezara otra vez.

OMISIÓN

Una coma, una exclamación, una pregunta omitidas. Te sentaste al umbral de tu vida, y la viste pasar envuelto en un mar de dudas. Te enredó sin apenas darte cuenta. Sin apenas darte cuenta, dejaste tanto por hacer… La frase oportuna, párrafos sublimes, páginas enteras de una trama fascinante. Cuánto se perdió en el tintero, que otros escribirían para sí. Y aún aguardas los pasos de ese amor tardío para sentaros juntos a compartir el umbral de tu vida.

LA LLAMA ESCRITA

   En puertas de mi hora bruja un fuego interno me inflamaba.

   A falta de tinta o grafito, quise, sobre un pliego de estraza,

soltar esta quemazón.

   Los rescoldos del hogar, más tibios que mi conciencia,

me vieron robarles un negro tizón afilado,

escribir al fin resuelto.

   Pero todo fue en vano, y entre mordaces palabras

el papel, fiel a mí, prendió. Nada llegó a quedar

de un mensaje de ceniza.

   Aunque el trance de la catarsis liberó la magia

de un hombre marcado en conciencia.

   La llama escrita me siento.

 

   Desde que prendiste en mí, todo cuanto escribo arde,

confieso a esta voz imperiosa. El lápiz se enciende.

Cae en el yugo de mis dedos.

Pero salgo a navegar y el velamen centellea,

llamando a quienes despiertan.

   ¡Que todo prenda!

   La llama escrita es cuanto soy.

LA CINTA INVISIBLE

Eché la cinta a una mujer ingenua y valiente. El cordón que me uniría a ella por nueve meses se rompería muchos años después, con gran dolor para mí. Hasta entonces, yo sería el apoyo que la alentaría frente a ese hombre primitivo que tenía por marido, que sería mi padre. Esta primera misión llenaría incontables páginas del libro de mi vida, pero no sería la única. Cuántos capítulos, cuántas tramas, cuántos personajes, apoyando o enfrentando al protagonista con sus propios límites.

MUSA

Sentado estoy frente a mis aguas, junto a ti, mano a mano. Queda atrás un mundo de incertidumbre y compromisos huecos. Y tú, que nada me habías prometido, cumples con creces, dispuesta a llegar a un infinito, ya que nuestro idilio no parece tener fin.

Día o noche, musa,  a cualquier hora me convocas o yo te reclamo; no sabría decir. Y al igual que ahora, abro como al azar un libro inconcluso. Comienzo así otra página en blanco, mientras  me susurras al oído esa historia que ninguno de los dos desea terminar.

Se parece tanto al amor…